El anonimato, o el regreso al debate de los ‘90

Doc Searls planteaba hace poco en un artí­culo que “la identidad sin anonimato es como la matemática sin el cero”. Y en las matemáticas de Internet, la cuestión de “ser anónimo” siempre formó parte de las posibilidades de expresión. Todos sabemos que, en el fondo, nadie es tampoco un ser anónimo en Internet; si alguien tiene los medios, podrí­a rastrearte tranquilamente -las IPs quedan grabadas en cuanto servidor rutee nuestra conexión. Desde ya, hay formas de hacer más difícil ese rastreo, pero en ningún caso son perfectas.

¿Por qué el anonimato es parte de las reglas de expresión de Internet? Porque en muchos casos, es imposible manifestar opiniones polí­ticas sin sufrir las consecuencias de ello. Hay una enorme cantidad de paí­ses en todo el mundo que siguen controlando de manera obsesiva todo lo que sus ciudadanos manifiestan, y ejercen una censura directa sobre aquellos que se salen de la lí­nea. El anonimato es aquí­ una condición para la aparición del disenso en un marco que garantice la posibilidad de expresarse sin ser sancionado. También es cierto que muchas veces tenemos ganas de decir cosas que nos traerí­an funestas consecuencias si fueran asociadas a nuestro nombre, incluso cuando son ideas absolutamente legí­timas. Y el anonimato nos permite esa posibilidad de expresión sin sanción.

Claro que también hay un lado más oscuro; por ejemplo, los usos del anonimato en Internet para insultar o vandalizar contenidos, como suceden en los wikis. Pero son riesgos a correr en un medio que no tolera las estrictas formas de regulación de contenidos, como sucede en la televisión o la radio.

Los recientes cambios en la Wikipedia muestran nuevamente esa tensión entre anonimato y posibilidades de construir conocimiento. ¿Dejamos que cualquier modifique los contenidos o los obligamos al menos a registrarse para crear nuevos artí­culos? Con la decisión de tomar la segunda opción, lo que se está marcando es “la necesidad” de limitar al menos un poco las posibilidades del anonimato de los usuarios que contribuyan con contenido a la Wikipedia -aunque quienes quieran agregar texto a un artí­culo existente podrán seguir haciendolo como hasta ahora.

Abrir espacios de participación en la Red implica no sólo obtener sus beneficios -que nuestros lectores nos ayuden a crear mejor contenido- sino también sus cosas negativas -los ataques injuriosos o vandálicos. En muchos casos, terminan operando ciertos criterios que, a la vez de restringir ciertas posibilidades de expresión, implantan ciertos controles basados en el sentido común. En mi caso, me parece que una de las cosas que más debe cuidar quien ha abierto un espacio de partipación en la Red, como un foro o un blog, es la de brindar un lugar de participación que aliente a la discusión de ideas. Si nuestros mejores lectores se sienten desanimados a participar porque cada idea que expresan es atacada de manera brutal por algún troll, poco estamos haciendo para cuidar ese espacio.

Más allá de que los trolls son parte del folklore de la Red desde la vieja época de los newsgroups, lo importante es alentar la discusión de ideas, o dar una plataforma para ello. Internet suele ser en ese sentido un lugar un poco agrio; nunca falta el que, en vez de concentrarse en los argumentos, ataca al mensajero -una vieja trampa de la retórica-; o el que insulta a falta de reflexión. Mucho antes de los blogs, ya existí­an muchas etiquetas a la hora de manejar las discusiones en listas de correo y newsgroups, como el famoso “off topic”. O sea: el que se salí­a del tema en discusión era sancionado. Si querí­a hablar de otra cosa, podí­a abrir una nueva lí­nea de intercambios y listo. Ni que hablar del papel de los moderadores en foros y listas de correo; siempre alguien veló porque ciertas reglas fueran respetadas. En el fondo, se trata de una decisión casi de sentido común: “no me gusta la censura, pero algo hay que hacer para que este espacio no se transforme en un tablón de insultos”. O para que los contenidos no sean vandalizados o abiertamente manipulados, como en el caso de la Wikipedia.

Mucha Web 2.0, pero a la larga terminamos discutiendo los mismos temas que se debatí­an furiosamente en los newsgroups y foros en los primeros años de la década del ‘90. Y lo peor es que parece que hubiéramos retrocedido bastante en el nivel de debate del tema.