Felicidad quimica: sobre medicamentos y nuevas enfermedades

La semana pasada hacía una reseña muy general de La verdad acerca de la industria farmacéutica. Cómo nos engaña y que hacer al respecto, de Marcia Angell, un libro sobre cómo la industria farmacéutica estadounidense gana miles de millones de dólares a costa de cobrar muy caras las drogas que comercializa. Y todo ello gracias a una combinación de extender los períodos de monopolio, gastar poco en innovación y mucho en comercialización, y hacer un continuo lobby para lograr leyes favorables a la industria.

Pero uno de los temas más interesantes del libro, desarrollado en el capítulo 5, es acerca de la relación entre las drogas “yo también” -básicamente, drogas poco innovadoras que compiten con otras desarrolladas por laboratorios competidores. Una de las formas de vender de manera masiva este tipo de drogas es lograr imponer su uso para “nuevas enfermedades”. Por ejemplo, Paxil comenzó a venderse para tratar el “trastorno de ansiedad social”. O sea, timidez. La movida es interesante: se trata de identificar como patología un tipo de comportamiento humano relativamente extendido, y así “descubrir” un nuevo mercado. Si se toma en cuenta que mucha gente sufre por su timidez, y siente que eso perjudica su vida, lograr que comiencen a tomar ciertas drogas para “curarla” podría proporcionar enormes ganancias. Y todo gracias a un medicamento que no tiene mayor aporte de innovación.

Y hay más: Paxil, del laboratorio GlaxoSmithKline, luego comenzó a ser recetado para el “trastorno de ansiedad generalizada”. Para septiembre de 2001 las publicidades del medicamento mostraban los ataques a las Torres Gemelas, y proponía tratar “esa ansiedad” con la ingesta de este producto. Que fuera completamente normal sentir inquietud frente a semejante situación no era lo importante. La clave, para la industria farmacéutica, es que se trata de una “patología”, y que por lo tanto se debían ingerir drogas para tratarla.

En cierta medida, este tipo de “descubrimiento” de patologías muestra la continua forma en que la industria farmacéutica busca extender los posibles usos de sus productos, incluso más allá de lo autorizada por las autoridades regulatorias. Para ello, lograr identificar nuevas patologías es un buen recursos; al final, todo problema parece necesitar drogas para ser superado. Una particular versión de la felicidad química, en el fondo.