La experiencia musical: sobre representaciones y vivencias
¿Es la música una forma de representar el mundo, una escala de valores, una cosmovisión? Si nos basamos en el análisis de Simon Frith (1996), por lo general los crÃticos musicales dan eso por sentado. La base teórica es la noción de homologÃa: la idea de que existe una ligazón estructural entre lo material y lo simbólico. O por decirlo de manera más brutal: entre el arte y la economÃa. La consolidación de las polÃticas identitarias y de la construcción de la diferencia le dieron un toque extra a esta concepción; asÃ, solo ciertos grupos étnicos o sociales son capaces de interpretar de determinada manera ciertas músicas.
Frith se opone a esta manera académica de pensar la música. El tema no es analizar como la música representa el mundo y los grupos étnicos y sociales, sino más bien como la interpretación musical construye la experiencia misma. La base de las ideas de Frith: la identidad es móvil, en tanto se constituye como proceso y no como cosa; la experiencia de la música sólo se puede comprender esta experiencia como parte de un yo en construcción.
La música es entonces un proceso experiencial que nos permite vivenciar, como pocas otras actividades, las dimensiones de lo subjetivo en las formas de expresión colectivas. Aquà cierra la crÃtica contra ciertas corrientes académicas: no hay que dar por sentado que un grupo tiene ciertas creencias sociales que luego se reflejan en la música, sino más bien que esa misma música articula en sà misma una forma de comprensión del mundo y de las relaciones sociales.
Ya un par de meses atrás, escribà una entrada que buscaba analizar las conexiones entre crÃtica musical y autobiografÃa, como aparecÃan en muchos blogs. O sea: la experiencia de la música dependÃa de la forma en que se conectaba con nuestras experiencias cotidianas, con nuestra historia y la de nuestro entorno. Es interesante ver como no podemos separar las experiencias materiales de la percepción de la música. El hecho que pagáramos por los discos, que nos movilizáramos hasta una disquerÃa para adquirlos, es parte de ese proceso de apreciación de ciertas músicas. Aún cuando hablamos de crÃtica en recepción y no de interpretación -el momento en el cual los planteos teóricos de Frith tendrÃan más sentido- no deja de ser interesante preguntarse: ¿la música que elegÃamos era importante porque nos representaba el mundo en que vivÃamos, o más bien experimentábamos el mundo a partir de ciertas experiencias estéticas, entre las cuales se incluÃa de manera preferencial la música?
La desaparición de ciertas condiciones materiales ligadas a la experiencia de la música -no pagar por los discos, la sobreabundancia generada por las redes de P2P, la desaparición del ritual de ir a la disquerÃa- necesariamente modifica la percepción de la experiencia de la música en tanto oyentes y por lo tanto cambia nuestra valoración sobre ella. Como escribà hace casi un año, algunas consecuencias ya pueden atisbarse. Entre ellas, la desaparición de los discos clásicos -tan importantes en nuestra formación como oyentes- en tanto ya nadie tiene tiempo suficiente como para escuchar más de par de veces cada disco. La segunda es más hipotética: la progresiva imposición del concepto de download -en el fondo, de la música como servicio y no como producto fÃsico encarnado en un soporte como el vinilo o el CD- nos llevará hacia nuevos rumbos a la hora de situar autobiográficamente la música que escuchamos. A primera vista, tal vez pensemos que empobrecerá el entorno en el cual situábamos la música; pero esto muy probablemente sea transitorio. Lentamente, la música en tiempos de abundancia se situará en nuevos marcos históricos y biográficos, y será experimentada en relación a nuevas formas de vivir y representar el mundo.
Algo de eso se puede ver cuando escuchamos por ahà frases del tipo “¿te acordás que buena música bajábamos de AudioGalaxy?”
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BibliografÃa citada en esta entrada
Frith, Simon (1996) “Música e identidad” en Stuart Hall y Paul du Gay (comps.) Cuestiones de identidad cultural. Buenos Aires, Amorrortu, 2003.
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