Acerca de La verdad acerca de la industria farmacéutica. Cómo nos engaña y que hacer al respecto, de Marcia Angell. Norma, Bogotá, Colombia, 2006.

El libro de Marcia Angell tiene un objetivo bien claro: demoler el discurso de la industria farmacéutica estadounidense, que sostiene que debe cobrar precios para altos para poder seguir investigando e innovando con nuevos medicamentos. En vez de ello, la autora más bien deja en claro que los altos valores que pagan los usuarios se deben, simplemente, a una codicia desmedida por parte de esta industria. Analicemos algunos de los puntos que analiza el libro.

En primer lugar, la industria farmacéutica sostiene que cobra precios altos porque gasta mucho en investigación y desarrollo de nuevos medicamentos. Contra este argumento, Angell cuenta como en realidad la mayor parte de los medicamentos lanzados por grandes laboratorios no son más que variaciones poco valiosas de drogas ya existentes, a las que llama “yo también”. La mayor parte de los nuevos descubrimientos, en cambio, son adquiridos a laboratorios universitarios, que son financiados por dinero público. El libro analiza año por año los medicamente “innovadores”, y da cuenta de como apenas uno o dos al año son responsabilidad de las grandes empresas.

Uno de los problemas de los remedios “yo también” es que, como son prácticamente iguales a otros medicamentos, es complicado lograr que el público acepte pagar precios altos por ello. Por ese motivo, la industria se ve obligada a gastar fortunas en marketing y publicidad, algo que luego los consumidores pagan. No sólo se trata de avisos en los medios. También hay una enorme maquinaria de cooptación de los profesionales médicos, que reciben todo tipo de dádivas y regalos si recetan determinados productos. Así, no es nada raro que profesionales destacados de la industria médica reciban honorarios por “consultorías” y sean invitados a congresos médicos en Hawaii, por ejemplo. Parte de esta cooptación se da también mediante la financiación, por parte de los laboratorios, de investigación de poco valor científico, que antes que testear la utilidad de determinadas drogas, busca promoverlas mediante el marketing disfrazado de revisión académica.

Por cierto, la industria farmacéutica no suele informar de sus gastos reales en investigación y desarrollo; parte de ese rubro pertenece en realidad a comercialización. Más bien, gastan mucho más en este rubro que en I+D.

La otra pata importante que permite a la industria cobrar precios muy altas por sus medicamentos, a pesar de que innova muy poco, es la permisiva actitud del gobierno estadounidense. A través de los organismos de control, permite que los laboratorios patenten como nuevos drogas que son prácticamente iguales que otras anteriores; no controla adecuadamente la publicidad directa al consumidor; y no castiga con suficiente dureza los engaños directos al sistema de salud pública. Además, en muchas ocasiones permite que los laboratorios obtengan extensiones al período de patentes que tienen sus drogas, que es de 20 años, lo cual les permite obtener miles de millones de dólares al año. Por cierto, el Congreso estadounidense no juega un mejor papel; a cambio de muchos millones para financiar sus campañas, en los últimos años han favorecido a la industria con nuevas leyes y regulaciones.

De todos modos, desde hace varios años los consumidores estadounidenses y los Estados han comenzado a quejarse de manera abierta de los altísimos costos de las drogas, que es muy superior a otros países desarrollados. Por ejemplo, muchas personas han comenzado a comprar sus remedios en Canadá, donde incluso los medicamentos fabricados en Estados Unidos son sustancialmente más baratos. La respuesta de la industria farmacéutica estadounidense no fue reducir sus precios, sino lograr que el Congreso prohibiera la importación de drogas desde Canadá, lo cual dice mucho del estado de las cosas. Aún así, muchas personas las adquieren vía Internet a farmacias canadienses porque ahorran mucho dinero. Frente a estos síntomas, Angell cree que ha llegado el momento en el cual los laboratorios deberán comenzar a cambiar su modelo de negocios, que está entrando en crisis, frente a la actitud negativa de los consumidores.

En líneas generales, el libro muestra como la industria farmacéutica está más interesada en hacer marketing de drogas poco novedosas, en extender el período de las patentes y en lograr legislaciones favorables, que en investigar. El libro realmente se lee muy fácil, ya que tiene un tono más bien didáctico y periodístico, a pesar de ser escrito por una profesional del sector médico como Marcia Angell, que trabajó antes en publicaciones especializadas del sector de las publicaciones para médicos.