Nuestro amo juega al esclavo

Allá, hacia fines de los ‘80 y principios de los ‘90, quienes fuimos a Cemento a ver los completamente repletos recitales de los Redondos más de una vez nos preguntamos que pasaría si alguna vez ocurriera un incendio. La razón de la pregunta estaba a la vista: el portón de salida siempre estaba clausurado, y la puerta, diminuta, jamás podría haber servido para evacuar toda esa gente en poco tiempo.

Aquellas veces, en los recitales de los Redondos, no sucedió nada irreparable, pero el desastre en República Cromagnon y la muerte de más de 180 personas ha terminado por poner, de la peor manera, lo mal que venían las cosas. Si arranco con el tema de los Redondos es para poner algo en claro: la tragedia de Once no se explica a partir del “rock chabón”, sino que viene de lejos y se hunde en las raíces del rock argentino. Al fin y al cabo, Chabán y sus locales han estado ligados a otras corrientes musicales del rock local antes que apareciera el rock chabón.

Los locales sin la más mínima seguridad, con los baños reventados, con sus canillas sin agua, con entradas sobrevendidas, no tienen nada de nuevo en nuestro medio. El problema es porqué eso se fue perpetuando, cuáles fueron las lógicas que llevaron a que esa fuera la situación “normal”.

En estos días, se escucha mucho acerca de la responsabilidad del empresario dueño del lugar, Omar Chabán, y de las autoridades de la ciudad de Buenos Aires. Desde ya, está claro que tendrán que asumir y pagar por su negligencia. En el caso de Chabán, por hacer shows en un lugar que no reunía las condiciones mínimas para hacerlo, y en el caso del gobierno por no fiscalizar. Entre ambos seguramente hay un lazo aceitado de coimas y arreglos para mantener el lugar abierto.

Pero no podemos creer que ellos son los únicos que tuvieron que ver con este desastre. ¿Acaso los músicos no conocían lo inseguro de un lugar que ya había estado a punto de incendiarse varias veces? Es llamativo como nadie dice nada de ellos, en tanto también ganaban dinero con estas presentaciones en los locales, y negociaban con Chabán las condiciones en las cuales se darían los shows.

Pero además, y esto es lo peor de todo, estamos nosotros, el público. ¿Desde cuando la “fiesta” comenzó a ser más importante que la seguridad? ¿Por qué aceptamos meternos en lugares completamente inseguros, en donde podíamos morir, sólo por “seguir a la banda”? Parte de esta lógica del “aguante” viene del fútbol, del “seguir a todas partes” a tu equipo, no importa lo que pase. Una lógica que, llevada al extremo, terminó justificando la golpiza e incluso el asesinato del fanático del otro equipo, cosa en la que desgraciadamente el fútbol argentino ya ha dado demasiados ejemplos.

Sé que es triste admitirlo, pero como mucho han dicho antes, nadie establece un sistema de dominación si los dominados no colaboran, ya sea de manera activa o pasiva, con su propia subordinación. El sólo hecho de que cuatro mil personas fueran a ver un show en un lugar a todas luces inseguro, con sus puertas de seguridad trabadas, y con gente que se dedicaba a encender bengalas allí adentro es un indicio demasiado potente como para pensar, simplemente, que la culpa de todo es de los empresarios y del gobierno.

Pero toda dominación opera a partir de prácticas, de las cosas que hacemos habitualmente. Y el mecanismo, en este caso, era “la fiesta”. Esa fiesta de banderas y trapos que, importada del fútbol, justificaba todo. Esa misma fiesta que le daba una mínima participación a la gente, y que llenaba los bolsillos de los músicos, los empresarios, los inspectores coimeados, los periodistas que hablaban de todo en términos pintorescos y positivos desde su cómoda ubicación en la sección VIP. Como práctica y como discurso, la “fiesta” asociada al rock fue la legitimación que tapaba todo lo que estaba mal, de la pobreza de los discos, de la complacencia de los músicos que siempre tocaban lo mismo, del conservadurismo disfrazado de “esto es lo que quiere la gente”.

Pero junto a ese discurso de la “fiesta”, operaba otra que mostraba la actividad de estas bandas como asociadas a la “resistencia”. Y ésta se limitaba a lo que ya habían establecido en su momento los Redondos: no entrevistas con medios grandes, no fotos en pose, no videos, no marketing masivo; más bien, apelar al boca y dejar la publicidad en manos de los fans. Pelear contra los empresarios para que los seguidores del grupo tuvieran lugares más decentes en donde asistir a los recitales no formaba parte de la “resistencia”.

Es difícil pensar desde el dolor y la bronca. Duele demasiado. Pero a la vez, no debemos renunciar a querer entender las cosas. La larga serie de hechos que lleva al desastre de República Cromagnon empieza muy atrás, y se liga con la consolidación de prácticas comunes. La de la idea de “fiesta” como algo más importante que la seguridad de los espectadores, algo que permitía que la gente tolerara lugares patéticos y peligrosos. Sé que como espectador se podía disfrutar mucho de esa “fiesta”, pero les aseguro que los que lucraban con ella la pasaban aún mejor. La gente se bancaba todo, y entonces se podía sobrevender entradas, hacer shows en lugares horribles, no poner un mango en seguridad, apelar a la coima como método para seguir con el negocio, etc. Semejante coincidencia de prácticas no tenía otro destino que crecer y seguir adelante, hasta llegar al incendio del 30 de diciembre. Esto no va a cambiar a menos que alguno de los actores del campo del rock se niegue a seguir con estas lógicas. Por ejemplo, el público. ¿Pasará algo así?

Como ya he escrito en este blog, tengo muchos reparos políticos contra la cultura del “aguante” y de la fidelidad en el rock argentino. Pero jamás pensé que jugaría un papel tan importante en este desastre. Una parte de la responsabilidades fue el afán de lucro de los participantes del campo del rock; pero eso no explica porqué el público estaba allí. Ese mismo público que pagó con su vida la entrada a la fiesta que creían suya y terminó siendo de otros.

He leído varios textos interesantes sobre la tragedia de República Cromagnon y que merecen ser revisados. Aquí va la listita:

“A nadie le importa nada” en Contra las Cuerdas

“Tres posts que son uno, como la Sagrada Trinidad” en Fuck You Tiger

“Nadie nada nunca” en Esculpiendo Milagros.

“Para el espectáculo, es como un 11 de septiembre” en Página/12.

Mirando los comentarios en Mal Elemento, me encontré con esta nota de abril de 2004, en Rock-Vivo.com.ar, donde el periodista a cargo de la cobertura, que no firma, celebra que se hayan encendido nada menos 85 bengalas durante un show de Callejeros en República Cromagnon. Pueden verlo acá.